divendres, 17 de gener de 2014

INTERESANTE ARTICULO

Rosa Massagué, en un artículo publicado en El Periódico, nos hace una velada crítica al estancamiento cultural de nuestros días comentando una retardada y reducida celebración con motivo de los 100 años del estreno de Parsifal en el Liceu de Barcelona.


PARSIFALIA CATALANA
Hace cien años había en Barcelona un clima cultural y una burguesía ilustrada y moderna capaz de liarse la manta a la cabeza y conseguir que la ciudad fuera la primera del mundo en presentar 'Parsifal', el drama sacro de Richard Wagner, después de que vencieran lo derechos de representación que tenía Bayreuth.
Lo hizo con una triquiñuela
aprovechando la diferencia horaria que había con Alemania. Y así, a las 22:25 del 31 de diciembre del 1913 se alzaba el telón del Liceu. Cantaba el gran tenor wagneriano del momento, es decir, Francesc Viñas. El telón no bajaría hasta las cinco de la madrugada. Cuando lo hizo había grandes vacíos en la sala. Pero lo importante, se había logrado.
Ahora ha habido conmemoración de aquel acontecimiento, pero se ha salvado por los pelos. Ha sido posible gracias a la tenacidad de Carlus Padrissa, de la Fura dels Baus, que no se ha rendido ante las negativas y dificultades encontradas en un camino iniciado tiempo atrás.
Pero lo ha sido muy especialmente gracias a la disponibilidad del Círculo del Liceu que ha hecho suya la propuesta. Paradójicamente, la apuesta atrevida ha sido apadrinada por la entidad desde la que han salido incontables críticas a la programación más arriesgada del teatro junto a grandes elogios al convencionalismo más rancio tanto de repertorio como de puestas en escena,
Padrissa ha presentado en el Foyer del Liceu, con un aforo de 400 personas, un espectáculo multimedia de hora y media escasa, modesto, y con algunos problemas técnicos. Sin embargo, el montaje titulado 'Parsifal 13/14: un viatge en el temps i en l'espai', tiene la gran virtud de ser una síntesis, un compendio, de lo que podríamos llamar la 'parsifalia' catalana, es decir, lo que ha sido y significado esta ópera en Catalunya desde su estreno aquella noche de fin de año hace cien años.
El espectáculo parte de escenas del montaje que el propio Padrissa había hecho de la obra el pasado año en la Ópera de Colonia para seguir con imágenes de los programas de las distintas producciones del drama sacro en el Liceu que suman más de cien funciones. Así sabemos que hubo 'Parsifal' para celebrar los 50 años de aquel estreno, así como los 75; que hubo grandes batutas que la dirigieron en el teatro de La Rambla, como la de Bruno Walter. Hay imágenes de representaciones como la de Simon Estes como Amfortas (1988) o Plácido Domingo como Parsifal (2005).
El hilo conductor de esta 'parsifalia' catalana pasa por la presencia en el Foyer del Liceu de las campanas de 1892 utilizadas en los conciertos de fragmentos de esta ópera que se dieron en el Palau de la Música en 1913, y por extractos de la película 'Parsifal', de Daniel Mangrané, rodada en Montserrat en 1951 con uno de los galanes cinematográficos de la época, Gustavo Rojo, como protagonista, y con la gran estrella internacional del ballet en aquellos años, Ludmilla Tcherina.
Naturalmente, en este viaje de Parsifal por Catalunya no podía faltar la voz hermosa y potente del tenor Viñas que nos llegó a partir de unos discos de piedra.
En el escenario montado en el Foyer había también cantantes de carne y hueso. El barítono Christopher Robertson interpretó pasajes de Amfortas, la soprano Maria Hinojosa cantó un fragmento de Kundry, y Vicenç Esteve y Joan Sebastià Colomer también cantaron aun que muy brevemente, todos ellos acompañados al piano por Veronique Werklé.
La dirección escénica ideada para la ópera de Colonia Padrissa hacía énfasis en el aspecto eucarístico del drama sacro y para ello se amasaba y cocía pan en escena que luego se distribuía al público. También en el Foyer. Un horno presidía la escena y un panadero daba forma a la masa que después horneaba. El producto resultante, un pan negrísimo y riquísimo, partía, según el programa de una receta del siglo IV.
Contenido e ideas no faltaban y dadas las circunstancias, el resultado merece el aplauso, pero lo que esta discreta conmemoración pone en evidencia es lo que ya se insinuaba al inicio de este artículo. Aquel impulso generador de grandes iniciativas culturales de hace un siglo ha desaparecido.
Aquel empuje llevó, por ejemplo, a la creación de la Mancomunidad de Catalunya, de la que también se celebra este año el centenario. La iniciativa de Enric Prat de la Riba nacía con la voluntad modernizadora de Catalunya mediante tres pilares que eran cultura, educación y ciencia. Estos pilares fueron asentados desde el ámbito público (las diputaciones) y han llegado hasta nuestros días con logros como el Institut d'Estudis Catalana o la Biblioteca de Catalunya.
El profundo arraigo del wagnerismo en Catalunya en aquellos años se explica porque trascendía lo estrictamente musical. El wagnerismo era una revolución cultural, era estética y filosofía, era la modernidad, era mirar hacia el futuro y arriesgar. Hay quienes todavía insisten en que Barcelona es una ciudad wagneriana y algún comentarista sin mesura ni sentido del ridículo ha llegado a decir que todos los catalanes somos wagnerianos. Nada más lejos de la realidad.
Echar la culpa a la crisis justificando así la exigua impliación de las administraciones públicas en el bicentenario del nacimiento de Wagner el pasado año --y también el de Giuseppe Verdi--, y en el centenario que nos ocupa, es lo más fácil, pero la renuncia viene de más lejos.

El certificado de muerte de esta voluntad de mirar al futuro fue la reconstrucción del Liceu tal como era antes del incendio. En vez de mirar hacia adelante se quiso reproducir el pasado, seguramente glorioso, pero pasado al fin y al cabo. Wagner nunca hubiera hecho una copia de algo que había sido. 

Rosa Massagué


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