dijous, 29 d’agost de 2013

¡ DADNOS A WAGNER ! ( 2 )

Segona part de l'interessant crònica que Rosa Massagué ha publicat en El Periódico.

Primero fue un motel con gasolinera ('El oro del Rin'). Después, una explotación petrolífera en Azerbaiyán ('La valquiria'). El 'Siegfried' de 'El anillo del nibelungo' que presenta el Festival de Bayreuth en este año del bicentenario del nacimiento de Richard Wagner se reparte entre un monte Rushmore del comunismo y la estación de Alexanderplatz en el Berlín oriental de los tiempos de la guerra fría.
Aquí, las gigantescas caras labradas en la roca son las de Marx, Lenin, Stalin y Mao, en un doble orden, histórico y geográfico, de la figura más antigua a la menos y de oeste a este. Numerosas escaleras que suben a la roca no aclaran
si estamos ante la construcción de este monumento a los padres del comunismo o ante su demolición.
Mime ha criado a Sigfrido en el vientre de esta roca. Nuevamente, el director de escena Frank Castorf somete al público a la máxima distracción. En el primer acto, los jugosos diálogos entre Mime y Siegfried que quiere saber quién es y entre Mime y el Caminante que no es otro que Wotan disfrazado de mortal para pasearse por la tierra y saber cómo va su proyecto de creación del héroe, están constantemente entorpecidos por las idas y venidas de un figurante (en realidad representa al oso que ha cazado el joven) cargando libros de una parte a otra del escenario.
Castorf sigue en su proceso de deconstrucción. Si en las anteriores óperas de la tetralogía había conseguido que pasara casi desapercibido el robo del oro o la apropiación del anillo por parte de Wotan, entre muchos otros puntos fundamentales de la historia que Wagner nos cuenta, aquí hay un ejemplo de todo lo contrario. Aquí Sigfrido mata al gigante Fafner con una ráfaga de Kalashnikov tan larga y estruendosa que el día del estreno a un espectador le dio un colapso y tuvo que ser asistido.

 Según cuenta el programa, una de los primeras fragmentos de todo el 'Anillo' que se ensayaron en agosto del pasado año fue el encuentro del protagonista con el pájaro que le indicará la existencia del oro y del yelmo, después le avisará de las pérfidas intenciones de Mime y le conducirá a la roca donde duerme Brünnhilde rodeada de fuego. Quizá fruto del temprano encuentro de Castorf con aquella figura, el pájaro adquiere una presencia desproporcionada en todo el resto de la obra más allá de que aparezca con un vestuario que parece salido del Lido parisino o de Las Vegas.
Sigfrido no conoce mujer en ningún sentido, ni en el visual ni en el bíblico. Brünnhilde debe ser la primera. Pero aquí, antes de partir en su busca, el pajarito le inicia sexualmente con lo que aquel momento clave del tercer acto, cuando Siegfried, tras quitarle el escudo a la durmiente, exclama "¡No es un hombre!", carece de sentido.
En el tercer acto, con el despertar de la valquiria y el gran dúo de amor entre ambos, Castorf logra plenamente su objetivo de distraer y marear. Mientras los protagonistas cantan su amor sentados a la mesa de una cantina de la estación de Alexanderplatz, dos cocodrilos copulan a un lado del escenario. Cuando han acabado se dirigen hacia los protagonistas. Brünnhilde, sin parar de cantar, le mete un paraguas en la boca a uno de los saurios, mientras que el otro se come al pajarito que sigue dando vueltas por allá.
El acto acaba con Siegfried que rescata al pajarito. Debe ser su primera aventura como salvador y desfacedor de entuertos. De las cuatro partes de que consta el 'Anillo', esta es sin duda la más incoherente y así lo entendió el público (el día 17) que dedicó sonoros abucheos al final de cada uno de los tres actos.
'El ocaso de los dioses' tiene por escenario de nuevo la Alexanderplatz berlinesa, una parada de fruta y verdura con una tienda de kebab al lado que son propiedad de los hermanos Gunther y Gutrune, una fábrica de plásticos y al final, la bolsa de Nueva York.
Siguen los guiños a 'El acorazado Potemkin' con una escena en la que un cochecito se despeña por unas escaleras, solo que en el carrito no hay niño, sino patatas, y siguen las distracciones y otras ocurrencias.


No hay descenso de Siegfried por el Rin. El juramento entre la despechada Brünnhile, el pusilánime Gunther y el perverso Hagen para traicionar al héroe apenas se nota. Siegfried tampoco reacciona cuando descubre que ha sido engañado. Su asesinato, en este caso a palos, ocurre fuera de la vista del público. Solo se ve un brazo que asoma por unas maderas.
Ni en la imponente marcha fúnebre deja Castorf espacio para reflexionar sobre lo que acaba de ocurrir que es la muerte del héroe en torno al que giran nada menos que todas las 17 horas del 'Anillo'. Una enorme pantalla muestra a Hagen paseando por un bosque.
Al final, las hijas del Rin recuperan el anillo y lo tiran a una pequeña fogata. No arde el mundo ni se derrumba Wall Street. ¿Hay un nuevo comienzo? El motivo de la redención que la orquesta toca al final suena en este caso extraño. Muy extraño. 
Vocalmente, el Siegfried de Lance Ryan fue de mal en peor. Cuando interpretó este mismo papel en Valencia hace cuatro años parecía que había un verdadero tenor wagneriano. Hoy es un tenor con la voz estropeada, con grandes dificultades en los legatos. Catherine Foster (Brünnhilde) siguió con su interpretación muy correcta pero poco entusiasmante en un lugar como Bayreuth donde siempre cabe esperar lo mejor. 
Mirella Hagen (Waldvogel) fue un pajarito muy deficiente, pero mejor hija del Rin. Ni la cresta punk ni la voz ni la expresión hicieron de Attila Jun un Hagen temible y malvado.
Por el contrario, Alejandro Marco-Buhrmester fue un Gunther impecable como también lo fueron Martin Winkler (Alberich), Wolfgang Koch (Caminante), Wolfgang Ulrich (Mime) y Nadine Weissmann (Erda).
Kirill Petrenko siguió dirigiendo con tiempos muy lentos y de un modo excesivamente académico. Pese a todo, es lo mejor con diferencia de este frustrado 'Anillo' del bicentenario.
Los decorados firmados por Aleksandar Denic merecen una mención. Son imponentes y reflejan un excelente conocimiento arquitectónico. Pero tienen un problema. Son enormes y están montados en una plataforma giratoria de modo que restan muchísima profundidad  al escenario así como espacio lateral.
Por ello el movimiento de los cantantes no es horizontal sino que es vertical, subiendo y bajando escaleras constantemente. Sus figuras a veces se pierden en la aparatosidad escénica.
Y para acabar, unas palabras que escribió el cineasta Lars von Trier cuando renunció a dirigir el anterior 'Anillo' en Bayreuth:
"!Dejemos los paralelismos y las interpretaciones al público! Si Fafner le tiene que poner al público la piel de gallina, es la maldita obligación del director de escena invertir toda su capacidad en poner al público la carne de gallina. Si Sigfrido era un héroe, entonces debe ser representado como tal, con independencia de lo anticuado, ingrato y políticamente incorrecto que pueda parecer. Si queremos a Wagner, dadnos a Wagner". 

ROSA MASSAGUÉ

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