dimecres, 3 de juliol de 2019

CAPRICCIO: UNA SUTIL REFLEXIÓN SOBRE EL ARTE. (Cargada de ironía)



El Teatro Real de Madrid, cierra la celebración de su 200 aniversario, con  el estreno absoluto de la última ópera escrita por Richard Strauss- aunque después como colofón escribiría las nada desdeñable Metamorfosis y el que fue su testamento musical “Los cuatro últimos Lieders”- y lo hace por todo lo alto con una de las mejores producciones del coliseo madrileño después de la reapertura en 1997 y sin duda, el mejor Strauss que allí, hemos podido ver
La idea del argumento de Capriccio (estrenada en Múnich 1942), partió de Stefan Zweig, quien ya había colaborado previamente con Strauss  en  Die Schwágene Frau (La mujer silenciosa) debido a la muerte prematura de su habitual libretista Hugo vom  Hofmannsthal; lo que demuestra el respeto por los textos que sentía nuestro compositor, buscando las mejores plumas de la literatura alemana para sus libretos. La situación política de los años 30  y 40 en Europa, obligo a Zweig a exiliarse, huyendo del nazismo y Strauss busco primero la colaboración de Josef Gregor, que a la postre no le satisfizo y finalmente compartió la autoría del libreto con Clemens Krauss. Interviniendo cuatro mentes tan privilegiadas, solo podría resultar un libreto de excelencia: Una sutil reflexión sobre el arte, cargada de ironía.
En esta producción del Real- firmada por el director de escena alemán  Christof Loy y bajo la batuta del maestro israelí Asher Fisch-, todas las piezas que forman parte de  de la ópera encajan a la perfección, como un puzle en una unidad  fundida, cuidando hasta el mínimo detalle, Director, Conductor  Cantantes-Actores y Músicos. En esta producción,”no hay puntada sin hilo”, todo cuadra al milímetro, todo tiene se razón de ser, su porqué: esta es la explicación de su grandiosidad que el espectador percibe fácilmente con solo estar atento.
La obra se sitúa en Francia, en una mansión de la alta aristocracia cerca de París hacia 1775, donde la condesa Madeleine, debe decidir sobre dos pretendientes  Flamand el músico, o bien Olivier el poeta y que al mismo tiempo supone definirse si en las artes escénicas es mas importante el texto o bien la música. Esta cuestión del todo trivial (ella misma lo afirma) se utiliza como hilo conductor, de todo un debate sobre el sentido de la ópera, la música, la poesía y el arte, con una exquisitez sorprendente  en el tratamiento de los contenidos. El formato es el de “La ópera dentro de la ópera” que el Director de escena Christof Loy huyendo de la representación convencional casposa y acartonada, sitúa la acción entre el presente, con una escenografía neutra y con vestuario actual, equidistante con el pasado, para el que usa puntualmente una indumentaria de la época (siglo XVIII), e insiste en una reflexión sobre el paso del tiempo, (Con el espejo, donde la condesa se mira o bien con la marioneta que exhibe) como recurso a destacar en esta sutil e inteligente producción del Teatro Real
El sexteto inicial que aparece como difuminado y con distintas melodías interpuestas (atonales) recorre toda la ópera, se hace nítido cuando el grupo de músicos de cámara lo interpreta desde el escenario, sirve de  motivo para identificar al músico Flamand, y recorre toda la opera como hilo conductor musical.



El soneto que escribe el poeta Olivier el otro pretendiente de la condesa, también forma parte del libreto durante toda la obra, con las variaciones de quien lo interpreta; si es el poeta quien lo introduce, el conde que lo utiliza den la seducción a Clarion, la cantante mezzosoprano, o la condesa, a quien va dirigido, quien utiliza en el  soliloquio al final de la ópera que empieza y termina con el siguiente texto:

Nadie posee mi corazón. Nadie en el inmenso mundo deseo más que a ti……….      ……Nadie excepto tú, mujer maravillosa, ejercerá poder sobre mí. Por mis venas, dejo correr nueva sangre, que se llenan de ti hasta rebosar, sin reposo alguno.

La ironía es el tercer hilo conductor que recorre el texto, que se refleja en las frases y temas que introduce La Roche, director de escena y a la vez de teatro, en diálogos geniales (como el que sigue solo a modo de ejemplo):

LR …. Sentada en sus palcos, la selecta concurrencia bosteza aburrida y charla, solo presta atención a los espléndidos decorados y espera impaciente los agudos del admirado tenor.

Y lo que el conde le responde:

C - La Ópera es una cosa absurda. Dan órdenes cantando, en un dúo se habla de política. Bailan entorno a un sepulcro y se apuñalan cantando.

Todo el texto es genial en la (auto)crítica de los estereotipos, y en su calidad literaria y poética.
El reparto es de alto nivel y calidad; puestos a destacar, nos centraremos en del bajo barítono alemán Christof Fischesser de potente voz, domina los registros que su rol exige y que junto a su importante faceta de actor, hace creíble a La Roche, como director de teatro y escena.
Excelente fue la actuación de la joven soprano sueca Malin Byströn, que sobresalió en su rol de condesa Madeleine: dominio de una adecuada voz straussiana, de singular belleza, y presencia actoral. Ejecuto el monólogo final con desbordante exquisitez poniendo el broche de oro en un  emocionante final lleno de poesía y música.
Pero la ópera no acaba todavía. Falta aún, la sutil y detallista puesta en escena del último cuadro, que probablemente nos da la respuesta a la pregunta dual:
La condesa, vestida de época, acaba justo de cantar su monólogo. Ahora aparece el mayordomo, con indumentaria propia actual: traje, camisa y corbata (aquí se combinan dos épocas: la dieciochesca y la actual); consulta el libreto, busca la página y lee:

“Señora Condesa: La cena está servida.” 

La inmensa música, que todavía invade la escena recreándose en un largo final, envuelve esta frase banal y la integra poeticamente.
La música de Strauss hace el milagro y nos propone la respuesta a una “cuestión trivial” que la condesa no quiere desvelar.

José Luis Bruned
Junio 2019

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